
Tiró una pista cuando subió una foto a sus stories que mostraba el espejo del camarín con fotos de Frank Sinatra, Elvis Presley y del mono que interpreta a Robbie Williams en la película Better Man. Ahí estaba el secreto, gritado a voces.
Ya habían pasado más de treinta temas. Dillom salió de escena después de “Reiki y yoga”. El ambiente quedó denso, viscoso, tras esos versos que cargan todo el peso de Por cesárea sobre sus hombros: “Voy a hacerlo, creo que es hoy/Y terminar con este dolor/Ya tomé una decisión/Es hoy”. Y entonces el escenario, que hasta hace unos minutos se presentaba como una caverna húmeda y rugosa, se transformó en el entorno más hermosamente decadente que alojó el estadio de Vélez en este año. Vestido de smoking, Dylan Leon Masa cantó “A mi manera”, cerrando así la etapa del disco que lo arrastró hasta lo más profundo de sus pesadillas para volver a arrojarlo a la vida renovado, urgente.
Poco queda por decir sobre este artista que viene moldeando su propuesta desde su irrupción en la escena trap nacional en 2018: ese rubito pendenciero que hizo de su historia personal el insumo más terrorífico de sus canciones. Que la música y los amigos lo salvaron es su gran leitmotiv. El allanamiento en el que llevaron presa a su mamá. Él, adolescente, en el medio del revoleo, solamente atinando a salvar un pendrive con la música que tenía preparada para pasar en el gig como DJ que se avecinaba. La pelea con su padre porque no quería ni podía seguir las reglas tan rígidas del nuevo hogar que él había construido. Dormir en la calle. El rescate que vino del lado de la familia de su mejor amigo, que lo adoptó y lo llevó a vivir con ellos. Su adicción a las pastillas. La terapia, que todavía continúa, y que empezó porque en realidad lo que quería era que alguien se las recetara, para no tener que andar consiguiendo de manera ilegal.
Todos hitos que están ahí: en las canciones pero también en las entrevistas. En esa mitología dillomiana que armó a su alrededor. Un personaje que delineó en Post Mortem y terminó de cristalizar en Por cesárea en esa deriva que recorrió una trayectoria inversa: la muerte y después el nacimiento. Pareciera ser demasiado. Y, sin embargo, él se encarga de que siempre haya algo más. Porque para Vélez, lo que inventó fue una suerte de resurrección.
Fue un recital consagratorio en una carrera vertiginosa, si se tiene en cuenta que este muchacho tiene 25 años y sólo dos discos editados. Pero las del vértigo son aguas en las que Dillom se mueve con soltura. Lo del Amalfitani más que como un “llegué” se presentó como un “de aquí en más”. El súper rockero nacional (nadie, pero nadie nadie nadie, puede decir que lo del domingo haya sido otra cosa más que un concierto de rock) lo hizo. Una lista de más de treinta temas sin fisuras, con distorsión, con una banda ajustadísima que incluyó al Cuarteto Divergente en la sección de cuerdas, con una puesta impactante, con mucho sentido del humor (cuándo no: Dillom), con sensibilidad y con la ternura que siempre es más dulce cuando el interlocutor la va de duro.
Un corazón enorme comenzó a latir al tiempo que se elevaba en el centro del campo, entre las columnas de sonido. Un sonido que retumbaba como en suspenso. La cita a Poe y la sensación de ominosidad circundante. El cuento de terror que se repite una y otra vez. Ese ritmo que comenzó tembloroso se fue fortaleciendo. El estadio, de repente en penumbras, mientras sonaba “Irreversible”: la mismísima música de una pesadilla. El rostro de Dillom se dibujó sobre las plateas, espectral en esa luz opaca que irradiaba oscuridad. La tensión se volvió filosa. Y entonces todo explotó con los primeros acordes de “Coyote” y un Dillom de riguroso cuero negro, con la guitarra colgada y anteojos de sol, apareció sobre el escenario. “Déjenme solo, el mundo está en mi contra/No sé por qué me persigue tanto esta sombra”, repitió con su voz nasal mientras la banda arrojaba ese rock frenético que no se sabe si está escapando o persiguiendo. La actitud arrogante continuó con “Mick Jagger” y la remolona “Rili Rili”, hasta que por un momento todo se volvió más esponjoso en los primeros segundos de “Piso 13”, para pronto embestir con la fuerza de mil electroshocks de sonido que se potenciaron con la imagen de ruido blanco en las pantallas.
El fondo del escenario se tiñó de un gris mugriento y apareció Dillom con un ramo de globos en la gama que va del blanco al negro. El efecto fue perfecto: todos los miedos de este mundo cabían en esa imagen lúgubre, tristísima, mientras los versos iniciales de “La novia de mi amigo” daban un primer pantallazo a ese universo de espanto que construyó Dylan para exorcizar el suyo. El mecanismo que usó es el del arte en general y el del terror (y el humor, por contraste) en particular: tomar un hecho del que es difícil hablar y retorcerlo, volverlo plástico, ajeno por lo distorsionado.
Post Mortem fue un ensayo de eso, una manera de posicionarse en el lugar de observador de la propia vida y contarla a través de ese filtro de hipérbole hiphopera. Por cesárea llevó las cosas a otro plano, una peli de terror basada en los hechos más reales. Él mismo contó alguna vez que para este disco, se inspiró en dos películas de Darren Aronofsky, reconocido por explorar las expresiones más inquietantes y escabrosas de la naturaleza humana: Requiem for a dream y Black Swan. Como una mezcla de esas dos narrativas (la primera, personajes que van descendiendo cada vez más y más en el abismo de sus propias inseguridades, miedos y adicciones; la segunda, el retrato de la locura, de la obsesión, del espejo que te devuelve tu versión más oscura y aberrante), construyó la historia de este protagonista que es él mismo si en vez de haber tomado las buenas decisiones que tomó en la vida, hubiera optado por el camino opuesto. “La novia de mi amigo” es el primero de los pasos de esa caída hacia las profundidades de la más abyecta putrefacción mental. Y acá sonó mientras Dillom se elevaba en el aire, sujeto a esos globos. Porque bajar es lo peor, pero el ascenso también puede ser terrorífico.
Broke Carrey, vestido de poeta maldito, estuvo a cargo de las estrofas de “(Mentiras piadosas)”: “Vivo con el impulso de destruirlo todo/Y hay algunas noches que me dejo ganar/Tengo a mis demonios haciéndome los coros/Diciéndome al oído que sos para mí”, y le dio tiempo a Dillom a cambiarse para volver en su versión crooner, vestido del blanco más sucio que podía encontrar, para cantar una versión de “La primera” en piano y guitarra, totalmente despojada de los beats originales. La trompeta de cine noir de “Mi peor enemigo” oscureció todavía más la atmósfera, pero el mood cinematográfico no permaneció por mucho tiempo porque “1312” –con Muerejoven–, “Ola de suicidios”, “Latas” –con K4– y “Reality” –con intro de “Personal Jesus” incluida– fueron sonando una atrás de la otra: el bloque singles/feats arrancó con el espíritu de un grupo de inadaptados que entra a una habitación de hotel con el sólo objetivo de dejarla destruida.
El saludo grabado del Pity Álvarez, con Dillom a sus espaldas, de brazos cruzados, escoltando, cuidando, reverencial y a la vez tan plantado, funcionó como una especie de paso de antorcha. Más tarde, cuando subió Juanse al escenario a tocar “Enlace”, quizás el tema más más ramonero del repertorio de los Ratones Paranoicos, la sensación de carrera de postas fue todavía más potente. El pibito este, que en sus canciones hace referencia desde Lovecraft hasta Herbie Hancock, imaginó un show en el que al mismo tiempo que terminó de sentar las bases de su propia impronta, su estética, la fantasía sobre sí mismo –en este caso, la fantasía virtuosa, exitosa en sus términos del éxito–, permitió una mirada hacia atrás, un reconocimiento a íconos de otras generaciones con los que, entiende, comparte un linaje.
Después del delirio con “Post Mortem” y “Pelotuda”, la voz distorsionada de María Elena Walsh cantando “Plegaria Desvelada” sonó fantasmagórica: su grano de raíz, en este marco, pareció casi extraterrestre. La irrupción de Lali para los primeros acordes de esa balada mortuoria que es “La carie” profundizó el extrañamiento, mientras ataviaba a Dillom con peluca, máscara y maquillaje que, travestido y transformado en el personaje peor que su imaginación le permitió, desgranó el relato femicida de “Muñecas”, que terminó con una silla y una horca.
“Últimamente” lo encontró cruzándose con su yo del pasado: un niño con una mirada sin nada de inocencia que arrastraba un oso de peluche de su mismo tamaño. La elección de “Ciudad de la Paz” a continuación reforzó la sensación de fast forward desde un pasado (no tan remoto) hasta hoy. Ese presente tan tangible se hizo carne en la flamante “Rojo profundo” y el estreno dedicado a la amistad: “Quiero morirme antes que vos”, le canta, melancólico, a su mejor amigo en este track todavía inédito. Ah… ¡la muerte! Es una obsesión para este artista. La muerte como tema, como miedo, como motor (hagamos cualquier cosa que queramos, si total igual nos vamos a morir) y, también, como ese lugar en el que finalmente se comprueba si tu vida tuvo sentido porque, a pesar de tu partida, la gente te quiere y te recuerda.
Después de “Cirugía”, se dirigió al público. Empezó a decir unas palabras, visiblemente conmovido. Vestido con una camisa que parecía de fuerza, en los ojos de ese hombre se transparentaron los del pibe que hacía un momento había abandonado el escenario. Decidió retirarse y volvió, después de varios minutos de desconcierto entre la banda y el público, porque le había ganado la emoción. Los chicos también lloran, pero Dillom prefirió esa parte de su vulnerabilidad mantenerla en privado. Todo lo demás de su vida supura directo desde una herida que nunca se cerró. No hay puntos ni vendas, solamente la música para cauterizar un poco esos dolores y transformar la oscuridad en algo luminoso. Pero esta emoción eligió ponerla a resguardo.
Finalmente, Dillom decidió cambiar el foco y en vez de verse a través de los peores ojos, se puso frente al espejo de la historia de la música y se miró en esas figuras que fueron marcando y torciendo el camino: Frank, Elvis, Sid Vicious, Robbie… todos ahí, juntos, apilados, minutos antes del final de este show que fue algo así como la transformación de las pesadillas en un sueño. Dillom entonó “My Way” con una voz desconocida hasta el domingo y una luz de picardía que brillaba desde el rabillo del ojo porque solamente él sabía lo que venía después. En un instante, la camisa, el saco y el moñito volaron y lo dejaron en cueros, pavoneándose con sus tatuajes, para la arremetida final de “Buenos tiempos” –con su momentazo de corte de flequillos a fans apostados en la valla–, una especie de melliza malvada del clásico de Paul Anka. Vivir, morir, renacer. Es casi bíblico, ¿no? El personaje de Por cesárea finalmente murió en su ley. La resurrección de Dillom ocurrió a su manera.